domingo, junio 21, 2020

LA ESPERANZA (PARTE I)


Las dos de la tarde, hora del sueño. Edgar cabeceaba sentado en la silla de mimbre detrás del mostrador. Después de una infancia donde no podía estarse quieto, perdió sin darse cuenta y sin luchar siquiera, la batalla por mantenerse despierto después de almorzar.

El pueblo entero se paralizaba a esa hora. La faena empezaba en la madrugada recibiendo el pan, leche, crema y queso. Los jornaleros pasaban temprano, luego señoras o algún niño enviado por su mamá para comprar lo que les faltaba para el desayuno: alguna chuchería y un jugo enlatado o un refresco instantáneo para la lonchera de la escuela. A eso de las nueve o diez el movimiento se detenía un poco para que al medio día empezara otra vez con los preparativos del almuerzo. Luego la hora de la siesta, y ya en la mera tarde gente comprando cualquier cosa que necesitaran, desde harina hasta hilos para remendar. Casi todos se iban a dormir temprano para empezar la misma rutina al día siguiente.

En ese tiempo, La hora de la siesta todavía era algo sagrado.

Igual que con el sueño, Edgar se había dado por vencido con la secundaria sin dar mucha pelea. En el pueblo se tenía la creencia de que no todos tenían la combinación de tiempo y cerebro para sacar una carrera, no digamos ir a la universidad. Casi todos los que llegaban al diversificado iban por el magisterio que era el sueño más alcanzable de todos; conseguir una plaza en el ministerio de educación y tener un trabajo estable, subir en el escalafón; si les iba bien llegar a ser director de algún establecimiento y después de unas cuantas décadas, jubilarse y gozar de su pensión mensual. Los pocos que tenían oportunidad de llegar a la universidad consideraban agronomía como la opción más rentable. La segunda más popular era la de abogado y notario, por aquello de la política. No podían faltar algunos médicos y veterinarios. Eso sí, si alguien necesitaba un dentista tenía que viajar al municipio próximo. La ventaja de alcanzar un grado universitario era que la probabilidad de poner un negocio o clínica propia era casi absoluta, una vez que el profesional se hiciera de alguna reputación era de esperarse que su familia prosperara y pudiese pagar una buena educación para la descendencia y así aumentar la fortuna familiar, o al menos mantenerla.

Para Edgar, como para la mayoría de pobladores, la cosa había sido un poco más cuesta arriba. Su padre, quien se casó con su madre en segundas nupcias y ya entrado en años, falleció a los cuatro años del nacimiento ayudado por dos paquetes de cigarrillos diarios. Le heredó a Amanda la pensión de maestro y al hijo la nariz aguileña y la constitución de milpa: seco y áspero. El ahora huérfano se paseaba en calzoncillos por el patio mientras velaban al señor en la sala. Los zapatos de grandes que se le veían parecían sostenerlo en el piso para que no se lo llevara el viento. El abuelo Edmundo, más conocido por todos como don Mundo, se hizo cargo del rol paternal. El viejo había sido policía de joven, con lo de su retiro había logrado poner la tiendita que ahora le proporcionaba algunos ingresos.
Lo que Edgar parecía no haber heredado fue la inteligencia. Estudió hasta donde pudo, ya en la secundaria y entrando a la adolescencia empezó gradualmente a perder el interés por el estudio y a tomarle más el gusto a salir con los amigos y enamorarse de las patojas, cosa que le absorbió de tal modo que perdió dos años seguidos, para ese tiempo Amanda y don Mundo prefirieron dejar de enojarse por su pobre rendimiento académico y se convencieron de que el patojo no tenía madera de profesional.

“Si no saliste bueno para el estudio vas a tener que trabajar” sentenciaron.

Así Edgar se metió de lleno en el trajín de la tienda. Madrugaba para traer el pan y los lácteos, ayudaba a atender y a hacer mandados. Ya entrada la tarde se iba a jugar fútbol al parque o a cantinearse a alguna patoja, las únicas cosas que podía hacer en el pueblo para romper un poco la rutina.

Así fue como llegó a este punto, quedándose dormido en la silla detrás del mostrador.

Desde hace algún tiempo sentía algo como una espinita, algo que le molestaba pero no sabía bien cómo definir, y poco a poco esa espinita se fue sintiendo como una presión en el pecho que luego le bajaba a la panza y le hacía sentir un vacío que le jalaba las tripas hasta que se fue materializando en una voz que sonaba en su cabeza:

¿Es esto lo que vas a hacer el resto de tu vida?

Una vez cuando entrecerraba los ojos en medio del calor de la tarde, mientras sentía el sudor recorrerle la frente hasta el cuello y ser absorbido por la camisa, soñaba despierto y se ponía a imaginar cómo sería vivir otra vida. Si tal vez hubiera sido profesor dando clases… no, eso no era para él, suficiente tenía con el recuerdo de las maestras poniéndose moradas de rabia regañando al montón de niños ingratos, no, eso no era para él. Luego recordaba la casa del doctor Monroy abajito del parque, era una cosa monumental, destacaba del resto de casas de adobe y techos de teja, era una construcción de block, con balcones de hierro forjado que formaban figuras caprichosas, había entrado al consultorio un par de veces y cerrar la puerta de vidrio de la recepción y sentir el aire fresco de los ventiladores de techo era una verdadera delicia. La diferencia entre eso y el calor del exterior era como el día y la noche. Solo podía imaginar el resto de la casa, con el amplio patio central y los frescos cuartos de techo alto.  La sala con estanterías llenas de libros que el doctor leería hundido en su amplio sillón, y cuando quisiera comer algo iría a la cocina a buscar alguna fruta en su refrigeradora de dos puertas con dispensador de hielo y agua fría, de esas que solo había visto en las revistas de la sala de espera, y luego a su comedor para doce personas, con sillas de madera preciosa tallada que podía sobrevivir hasta el apocalipsis.

Todo eso le parecía encantador, pero era demasiado estudio.

O tal vez sería mejor poner un negocio, como la pastelería Las Delicias, con su fachada pintada de vivos colores, el morado y el verde contrastaban con la vitrina donde se exhibían hermosos pasteles para distintas ocasiones, todos decorados con tanta atención a los detalles que cada vez que pasaba a ver descubría algo nuevo: un borde de flores, una dedicatoria, una figurita hecha de azúcar. Sí, tal vez eso, aprender panadería y pastelería, tal vez le tomaría mucho esfuerzo pero con práctica tal vez podría llegar a tener el mismo nivel de destreza, haría pasteles hermosos y las familias más importantes le harían pedidos para sus fiestas, que no eran pocas, porque cuando hay fortuna siempre hay un motivo para celebrar.

Algún cliente llegaba y lo volvía a la realidad, le pedían una fritura, un bombón, un chicle. Don mundo, que para entonces ya estaba algo cegatón por la catarata, quería seguir sintiéndose útil, en un rato estaba arreglando una tabla floja del gallinero en el patio, otro rato echándole aceite a las bisagras de la casa, otro rato tallando alguna figurita en madera. Una de sus posesiones más preciadas era un barrilito de roble que a su vez había pertenecido a su abuelo y según le dijeron había servido originalmente para almacenar aceite de oliva. Tal vez por eso se conservaba tan bien. Don Mundo había modificado la tapa del barril con una bisagra y un pasador que cerraba con candado. El cierre era casi hermético.

A eso de las seis de la tarde, don Mundo sacaba su silla a la acera a ver el ocaso, se entretenía ya fuera solo o platicando con los vecinos que se acercaban a saludar, el viejo cerraba la tienda. Él también soñaba despierto, la última cosa que quería hacer antes de morir era hacer un viaje a otro país, no era arrepentimiento; en la medida de sus posibilidades ya había vivido, sufrido y gozado, pero quería darse ese gusto de ir a otro país, hospedarse en un hotel de esos bonitos que se veían en las películas, comer una de esas comidas que tan ricas se veían en la pantalla y ver el ocaso en el balcón desde su habitación o a en una silla en la playa.

A veces, Edgar lo había visto a don Mundo después de cerrar la tienda, se acercaba al barril, abría el candado y echaba un billete de a cien adentro con un “Dios mediante” o algo parecido. Y así cerraba su preciosa alcancía, con una plegaria y la esperanza de cumplir su última voluntad.

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