lunes, diciembre 23, 2013

La idea simple, sencilla.



La idea era simple, sencilla. La multitud es la que ordena y quien tiene el control de las situaciones; las circunstancias no han variado y jamás lo harán. Sucedió en el año 325 con el primer concilio que dio vida a la idea cristiana que hoy se concibe como tal y cuya intención primaria, además de la creación de una nueva deidad, fue la de interferir en esa masa de gente peligrosa que podría acabar con la vida de un imperio que se encontraba al borde del ocaso. La iluminación de la inteligencia produjo en una cabeza la brillantez de dar lo que la gente pide. Ellos pidieron adorar a cristo, se lo dieron. Ya no habría que pelear más con ellos. Era desgastante perseguirles por todo el imperio para que no insultaran con su poco cerebro las bondades que la ciencia permitía. Pero no, la idea dominante fue la ceguera colectiva que acabó por rendir a Roma como un súbdito más de esa vorágine de fe. El truco fue aún más brillante, pues cuando dieron su brazo a torcer no imaginaron que al congregar a todos los sacerdotes que promovían la nueva religión crearían con exactitud y esmero un verdadero dios que acabaría no solo con la idea terrenal de Jesús sino que brindaría la solidez de lo inalcanzable y perfecto a la misma iglesia que dicte esas nuevas leyes que todos deberán acatar como venidas de la misma boca de aquel que atacó y destruyó otras. 

Así fue creado un imperio que sobrevive a los siglos. Pero en 1931 otro mucho mayor fue creado, uno menos sutil, más escandaloso, mucho más peligroso. La idea era simple: vender. Y los propietarios de lo que comenzaba como una prodigiosa empresa ignoraban, a ciencia cierta, que construían con belleza y candidez la autodestrucción en masa a costa de la satisfacción de necesidades impuestas.

Cuatro personas estaban reunidas en una mesa. Luego de que el encargo viniera acompañado de un cheque, cuyos ceros daba una orden directa al líder de aquella mesa redonda, obligó a las personas que consideraba las más creativas del país para presentarse inmediatamente en la sala de reuniones. No acostumbraban a conversar sobre cosas tan serias. Simplemente se trataba de una mesa muy bien acondicionada para el póker; a su lado un bar con varias botellas, muchas ya vacías.

Habdon hablaba bajo y comentaba detalladamente que le habían pedido prácticamente reinventar a un santo. Los tres amigos se veían los rostros un poco confusos, asustados. Repitió en su mente las palabras de quien le firmara el cheque: debe convencer a todo el mundo, lo quiero agradable, lo quiero como un símbolo. Quiero que marque una tradición mucho más allá de la que ahora está. Deseo se convierta en un ícono patentado por nosotros, que nadie más pueda usar esos colores sino es que tenga que pagarnos para que así sea. Son nuestros colores, el rojo y el blanco estarán por todo el mundo y será el momento en donde debamos cumplir en satisfacer las necesidades de todas esas personas que clamarán nuestro producto; no por que lo mencionemos sino porque los colores y el frescor de nuestra bebida debe estar en todo lugar. 

Así fue. Habdon pasó la noche entera planeando con sus amigos qué debían hacer. Al final debía ser él quien pintara, sus amigos no sabían del cheque, no eran cómplices de un nuevo imperio, solo querían satisfacer la curiosidad de su mejor amigo, era para ellos un reto cada vez que Habdon tenía un acertijo entre las cejas; era placentero, aunque esta noche era un poco sospechosa la desesperación pues pedía a gritos que le dieran ideas como en el pasado. Uno le dijo que no sería el cómplice y se marcharía, otro prometió silencio a cambio de más información y el último le dijo que firmaría cualquier carta para asegurar que todo estaba bien. Todos se marcharon decepcionados, menos Habdon, quien ya tenía la idea en su cabeza y era solo de comenzar y al final todo se basó en la complicidad. 

En su mente no existían familias reunidas, tampoco había felicidad; todo era sonrisa de complicidad. Todos sabían exactamente lo que hacían y el símbolo lentamente era reconstruido para la sociedad. Desbarató la idea del santo, arrojó a la basura el color verde, le quitó las orejas puntiagudas de duende y le modificó la historia; le dio el rojo y el blanco que con insistencia le pidieron.

Cuando la junta directiva de la empresa le preguntó porque parecía un viejo alemán, de esos regordetes que cantaban en las tabernas, Hubdon respondió que la imagen era de su abuelo. –Soy sueco. Mi abuelo tenía ese aspecto, la gente lo quería. Daba confianza su gordura, su risa profunda y escandalosa. Siempre vestía un abrigo café que se tallaba con un cinto a la cintura y siempre usó un ridículo gorro. El resto lo pueden definir ustedes con el tiempo.-

La junta directiva parecía no gustarle la idea, pues podría dar la impresión de que su producto engordaba y eso no era inteligente. Sin embargo, los colores estaban bien colocados y la complicidad con la costumbre de dar y recibir en las noches previas a fin de año se compaginaba a la perfección. Algunos cristianos celebraban el nacimiento de su salvador e imitaban la naturaleza del Santo de Mira, cuyos obsequios a personas pobres inspiró a muchos a mimetizar su idea. 

Antes de esa pintura que quedó enmarcada en la pared de los directores nadie o muy pocos sabían de él. Posteriormente la campaña fue lanzada obteniendo un éxito mundial. Todos los que sabían del origen han muerto y aquellos que nacieron después crecieron con la idea de que un gordo mágico bajará por la chimenea y dará regalos a los niños que se portaron bien, al resto aquellos que se portan mal un envase con gaseosa de la competencia. 

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