jueves, agosto 06, 2020

Divina justicia

-Si me tocara atenderlo, lo dejaría sufrir hasta la muerte-, pensó un médico quien hacía guardia durante la noche en un hospital público al referirse al exdirector de ese lugar, arrestado por un caso de corrupción, mientras lo veía en el telenoticiero pidiendo a un juez que lo dejara salir porque estaba enfermo. 

-Si, dejaría que se quedara sin oxígeno, vería cómo sus ojos se llenarían de sangre y cómo clamaría por ayuda, esperaría a que pidiera perdón por todo lo que hizo y finalmente apagaría el respirador para dejarlo morir en su miseria-. Absorto en sus fatales ideas, el joven médico no advirtió que la providencia le entregaría en esa lluviosa noche al exdirector convaleciente para que hiciera real esa fantasía que le carcomía la mente. Lo vio pasar en la camilla llevado por sus colegas hasta el pasillo del fondo. Trató de acercarse pero la ansiedad le revolvía el estómago. Con las náuseas de la rabia, avanzó para cumplir el deseo. Frunció el ceño, tenía que parecer enojado, quería estar molesto, había perdido seis años de su vida profesional por culpa del señor ese que yacía al final del pasillo. Quería sentir en su interior un odio tan incontenible que pudiera percibirse en todo el hospital y que cuando alguien preguntara por qué esa persona emana tanta maldad dentro de su ser, otros, los que decían conocerle, debían decir a la concurrencia intrigada que ahí camina el hombre que ha sufrido los embates de la injusticia en carne propia, que los tribunales y las condenas son para gente pobre, las prisiones y juzgados son solo para personas sin recursos, para los traicionados al firmar papeles que no debían firmar, a quienes les obligaron a decir cosas que no debían decir y luego a tener que aceptar sentencias que no querían aceptar.

Los recuerdos se agolpaban en su cabeza y su pecho volvía a sentir la inseguridad del pasado, de su juventud. Interrumpió sus miedos y tristezas, abandonó el llanto, retorció sus ideas y caminó sin temor hacia la camilla donde yacía el exdirector, ese hijo de puta que tanto daño hizo. Llegó finalmente, pero no pudo avanzar. De nuevo sus temores podridos trataban de impedir que abriera la cortina, pues temía deslizar con sus manos el frío plástico, acercarse al área aislada donde yacía el tipo. 

Lo vería sufrir y disfrutaría la falta de oxígeno. Caminaría. Estaría frente a él. Lo despertaría tocándole un brazo. -Señor, ¿me recuerda? diría y cuando éste abriera los ojos con la impresión dramática de un mal actor de cine, se abalanzaría sobre su cuello, lo estrangularía hasta escuchar cómo los hueso se fragmentan en mil pedazos entre sus dedos. Pero, no era posible. La débil puerta de plástico era tan impenetrable, como un muro de hierro que el aire hace danzar. 

Las luces comenzaron a parpadear, un fallo en la electricidad le despertó de su letargo y optó por caminar hacia el otro lado. Caminó durante minutos pensando en las probabilidades de asesinarlo y salir indemne del acto. De pronto, la conmoción y el bullicio le alertó, pues sus colegas apresuraban la marcha hacia el área donde permanecía el exdirector. -Está muerto-, dijo un médico quien dejó soltar un leve llanto y otros le acompañaron en su dolor. Más del alguno quiso aplaudir y otro gritar de júbilo y alegría, pero pese a que las ideas asesinas acompañen nos persigan en sueños, en esos caminos mentales que muchos no desean recorrer, todos sienten ese respeto por el vacío que deja la muerte en los lugares donde pasea con su guadaña. El médico que soñaba con el asesinato estaba sorprendido por lo ocurrido y comenzó a sentir culpa pues un fuego interno quería envolverlo en una risa perpetua de satisfacción por la inexistencia ya de un ser tan despreciable, pero su corazón se ahogaba en un mar de inquietudes, pues ese deseo tan intenso de matarle se volvió una realidad. Y tan real sentía la muerte que sintió que él mismo le había asesinado.

Cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Llamaron a un paciente que decía ser pastor y comenzó a pedir por el alma del exdirector, para que encontrara el camino hacia el Señor. Los médicos levantaban sus brazos y el joven doctor no soportó la escena salió del área. Llamó a su madre y le contó que el hombre que causó tanto sufrimiento en la familia no lo haría más - Gracias a Dios-, dijo la madre. Pero estaba engañado si creía que su miseria acabaría con la muerte del exdirector, pues un abogado astuto pidió la revisión de las cámaras de seguridad y en ellas aparecía el joven médico de pie frente a la puerta tratando de ingresar al área. Luego, ocurre el desafortunado corte de energía. La imagen se apaga y al reactivarse se ve al médico alejarse, poco después, cuando el joven médico caminaba confundido en el fondo del pasillo, los doctores encuentran al exfuncionario fallecido. El joven tenía motivos, dijeron los fiscales, y pese a que titubearon con la idea de una divina justicia (pues no había más prueba que un video que no convencía a nadie), la ley es la ley sobre todo cuando tiene un precio, cuando se busca a un culpable, pues la justicia y la prisión no solo es para la gente pobre, también para quien no debían estar en el momento en el que la vida cobra venganza de forma natural.

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-Identidad Anónima-

  /Anonimia-Anónimus; espacio integral del vacío y lo que no se nombra, lo que ya no puede nombrarse; nombrar eso que flota en un constante e irrepetible devenir del darse efectivo de las cosas; nombrar-decir-evocar un ser que entre otros seres es uno más, algo cada vez más amorfo, más parecido a un reflejo o una emoción que su materia inicial, la resultante de un incesante despojo a contrareloj, un total aparataje reducido a su mínima expresión en calidad de escupitajo social-económico-político-demográfico cuya ubicación en el cosmos es similar a un cero a la izquierda, acá estamos, mutilados a tajadas de pura endemia; seres compuestos de nada y en calidad de préstamo sobre la bandeja deliberada del capitalismo avorazado y desbocado, máquinas deseantes, seres sin órganos, objetos dispuestos a todo, y a toda improducción, a todo falso equilibrio de las fuerzas /anarquía del aquí ser/ números y números más números en secuencia deslizan sobre una pantalla lc monitor colgado en la cafetería de alguna universidad, solo por variar/
/entendemos anonimato no como una cobarde forma de irresponsabilidad ante lo que se escribe, tampoco como la oportunidad de jugar mediocremente a ser escritor sin recibir vergonzosas críticas y comentarios en la cara, mucho menos como una regresión al tiempo cuando el autor no firmaba sus obras; este anonimato que nos proponemos es en parte una convicción y una aceptación de nuestro lugar en la periferia del sistema cultural; en principio es el reconocimiento de esa periferia, la conciencia del lugar que ocupamos no solo en la economía artística, sino en todo el sistema cultural; no es la simple aceptación de unas limitaciones, sino la decisión de trabajar desde esta posición y sin la intención de con ello, abandonar la marginalidad para “triunfar” en el mercado artístico; precisamente porque no es algún tipo de legitimación lo que interesa, y menos aún pretender alcanzar la “consagración” es que somos anónimos/
/admitimos que aún es ilusorio el espacio creado en la red internacional para la divulgación “libre” de pensamientos y propuestas que en nada repercuten, por el momento, en el académicamente establecido mercado del arte; ante el abrumador número de blogs y páginas dedicadas a la literatura, habrá que aceptar que cien lectores diarios no implican un asalto al círculo literario y mucho menos aseguran una incursión exitosa a la producción literaria /el blog en Guatemala sin un “nombre” legitimizado es todavía periferia/ la red internacional le brinda al usuario la posibilidad de encubrirse, de no mostrase, por lo que es común la utilización de seudónimos y el anonimato; independientemente de cuál sea la intención por la que se obvia el nombre, la evasión del yo ocurre o intenta ocurrir; y aunque se utilice un nombre, será uno entre muchos, ésta es la ilusión del ciberespacio, la de darnos una voz, pero una entre miles de millones de voces, la oportunidad de contar nuestra versión de la historia entre miles de millones de historias, que hacen irreconocible la verdad >>si es que la hay<< y la desconfianza de ella; lo que hay es tan solo ruido/
/–desde nuestra actual perspectiva esto no importa–, porque aunque seamos anónimos y proyectamos el alcance de la mayor cantidad de lectores, el blog es solo un medio, entre otros/
/ser anónimo es más que negar una identidad improvisada a diario, más que un código de barras, más que sólo un nit (número de identificación tributaria), más que un voto nulo o en abstencionismo, más que XX o la masa que desfila a la fosa común; en este acá y ahora en el que nos destazamos, el anonimato es una manera del suicidio, una forma de negación del conjunto de parafernalias y elementos fatuos; hacerse el paria, hacer el magnicidio social del propio y tan egoista yo, sea el que sea, al precio de una identidad clonada al infinito masa, expuestos al plagio y la anulación de un ser, sea el que sea; soltarse del anhelo de trascendencia para abrazar el momento, lo efímero, todo esto perecedero, saltar a las vías bajo las ruedas del tren histórico, tatuarse cual texto de spray a lo largo y alto de las paredes de la ciudad, graffiti de hoy y mañana quizás ya no, palabras con fecha de caducidad, quizás voces desteñidas por el clima /según el ambiente/ quizás rasgadas quizás lavadas quizás cubiertas por una nueva capa de pintura/
/porque el anonimato para nosotros no es una evasión de la responsabilidad o una cobardía, es también un desprendimiento del nombre y del apellido; no escondemos nuestros nombres sino, no necesitamos de la determinación arbitraria que nombra lo que somos; lo que implica despojarnos de la historia que se nos impone; la familia de la que soy miembro y su procedencia, mi procedencia; tampoco su negación, sino un despojamiento de su determinación en nosotros que nos asigna un lugar dentro de la genealogía de nombres intrascendentes de este país; somos anónimos porque no necesitamos de nuestros nombres y no pretendemos “hacernos” de uno, para que con los años nos lleguen las invitaciones a intrascendentes conversatorios acerca de literatura o nos pidan que comentemos un libro, créernos los intelectuales de turno y vivir esa paja de vida/
/en este sentido lo que intentamos negarnos con el anonimato es la esencia, no hay nada nuestro que sea único, especial e irrepetible; no tenemos rostro, ni nombre, ni historia, ni lugar; reconocemos, como muchos otros antes que nosotros, que somos una especie de vacuidad rellena de lenguaje >>independientemente de sus limitantes y equívocos<< así que lo único nuestro es la configuración con la que llenamos el vacío que somos, forma ya repetida hasta el tedio; no pretendemos innovar nada, estas palabras no nos pertenecen, ya fueron dichas, es parte de lo que está, de lo que se dice/
/literariamente tampoco queremos ser pretenciosos, el anonimato para nosotros es una coincidencia no un estilo, no compartimos una forma, tal vez algunas referencias e intenciones, fuera de ello somos simples humanos que se cansaron de estar arrinconados/
/anónimos son los sujetos en la fila del supermercado, en la fila del pago de servicios, en la fila del banco o del pago en línea, en la fila de cobro de indemnización por estafa; anónimos son los privados de libertad y justicia, son los hacinados en pulcras oficinas o en industrias y maquilas transnacionales, en hospitales públicos, en asilos para ancianos, en internados de rehabilitación o para enfermos mentales; anónimos son los que se arrastran a diario mendigando un poco de ternura compasión o solidaridad, los arrinconados en cuartuchos de hotel barato para fumar crack, los que duermen en la calle, los que corren para todos lados pero sin destino, los que se amontonan y arrebatan entre las migajas de miseria que caen de la mesa de los estados y gobiernos/

 –primer borrón–
S.o.P.a.
viernes, 18 de mayo de 2012


miércoles, julio 01, 2020

1010110

el tiempo desintegra
tal cual ácido
transforma nuevo elemento

jueves, junio 25, 2020

miércoles, junio 24, 2020

1010111

este es otro tiempo
se piensa tan distinto
detrás del monstruo está el humano
tomar el control es inútil
uno de los dos es el más fuerte (siempre).

la mano piadosa que me alimenta de nicotina
humo que muestra el futuro
la bestia me aquieta.

domingo, junio 21, 2020

LA ESPERANZA (PARTE I)


Las dos de la tarde, hora del sueño. Edgar cabeceaba sentado en la silla de mimbre detrás del mostrador. Después de una infancia donde no podía estarse quieto, perdió sin darse cuenta y sin luchar siquiera, la batalla por mantenerse despierto después de almorzar.

El pueblo entero se paralizaba a esa hora. La faena empezaba en la madrugada recibiendo el pan, leche, crema y queso. Los jornaleros pasaban temprano, luego señoras o algún niño enviado por su mamá para comprar lo que les faltaba para el desayuno: alguna chuchería y un jugo enlatado o un refresco instantáneo para la lonchera de la escuela. A eso de las nueve o diez el movimiento se detenía un poco para que al medio día empezara otra vez con los preparativos del almuerzo. Luego la hora de la siesta, y ya en la mera tarde gente comprando cualquier cosa que necesitaran, desde harina hasta hilos para remendar. Casi todos se iban a dormir temprano para empezar la misma rutina al día siguiente.

En ese tiempo, La hora de la siesta todavía era algo sagrado.

Igual que con el sueño, Edgar se había dado por vencido con la secundaria sin dar mucha pelea. En el pueblo se tenía la creencia de que no todos tenían la combinación de tiempo y cerebro para sacar una carrera, no digamos ir a la universidad. Casi todos los que llegaban al diversificado iban por el magisterio que era el sueño más alcanzable de todos; conseguir una plaza en el ministerio de educación y tener un trabajo estable, subir en el escalafón; si les iba bien llegar a ser director de algún establecimiento y después de unas cuantas décadas, jubilarse y gozar de su pensión mensual. Los pocos que tenían oportunidad de llegar a la universidad consideraban agronomía como la opción más rentable. La segunda más popular era la de abogado y notario, por aquello de la política. No podían faltar algunos médicos y veterinarios. Eso sí, si alguien necesitaba un dentista tenía que viajar al municipio próximo. La ventaja de alcanzar un grado universitario era que la probabilidad de poner un negocio o clínica propia era casi absoluta, una vez que el profesional se hiciera de alguna reputación era de esperarse que su familia prosperara y pudiese pagar una buena educación para la descendencia y así aumentar la fortuna familiar, o al menos mantenerla.

Para Edgar, como para la mayoría de pobladores, la cosa había sido un poco más cuesta arriba. Su padre, quien se casó con su madre en segundas nupcias y ya entrado en años, falleció a los cuatro años del nacimiento ayudado por dos paquetes de cigarrillos diarios. Le heredó a Amanda la pensión de maestro y al hijo la nariz aguileña y la constitución de milpa: seco y áspero. El ahora huérfano se paseaba en calzoncillos por el patio mientras velaban al señor en la sala. Los zapatos de grandes que se le veían parecían sostenerlo en el piso para que no se lo llevara el viento. El abuelo Edmundo, más conocido por todos como don Mundo, se hizo cargo del rol paternal. El viejo había sido policía de joven, con lo de su retiro había logrado poner la tiendita que ahora le proporcionaba algunos ingresos.
Lo que Edgar parecía no haber heredado fue la inteligencia. Estudió hasta donde pudo, ya en la secundaria y entrando a la adolescencia empezó gradualmente a perder el interés por el estudio y a tomarle más el gusto a salir con los amigos y enamorarse de las patojas, cosa que le absorbió de tal modo que perdió dos años seguidos, para ese tiempo Amanda y don Mundo prefirieron dejar de enojarse por su pobre rendimiento académico y se convencieron de que el patojo no tenía madera de profesional.

“Si no saliste bueno para el estudio vas a tener que trabajar” sentenciaron.

Así Edgar se metió de lleno en el trajín de la tienda. Madrugaba para traer el pan y los lácteos, ayudaba a atender y a hacer mandados. Ya entrada la tarde se iba a jugar fútbol al parque o a cantinearse a alguna patoja, las únicas cosas que podía hacer en el pueblo para romper un poco la rutina.

Así fue como llegó a este punto, quedándose dormido en la silla detrás del mostrador.

Desde hace algún tiempo sentía algo como una espinita, algo que le molestaba pero no sabía bien cómo definir, y poco a poco esa espinita se fue sintiendo como una presión en el pecho que luego le bajaba a la panza y le hacía sentir un vacío que le jalaba las tripas hasta que se fue materializando en una voz que sonaba en su cabeza:

¿Es esto lo que vas a hacer el resto de tu vida?

Una vez cuando entrecerraba los ojos en medio del calor de la tarde, mientras sentía el sudor recorrerle la frente hasta el cuello y ser absorbido por la camisa, soñaba despierto y se ponía a imaginar cómo sería vivir otra vida. Si tal vez hubiera sido profesor dando clases… no, eso no era para él, suficiente tenía con el recuerdo de las maestras poniéndose moradas de rabia regañando al montón de niños ingratos, no, eso no era para él. Luego recordaba la casa del doctor Monroy abajito del parque, era una cosa monumental, destacaba del resto de casas de adobe y techos de teja, era una construcción de block, con balcones de hierro forjado que formaban figuras caprichosas, había entrado al consultorio un par de veces y cerrar la puerta de vidrio de la recepción y sentir el aire fresco de los ventiladores de techo era una verdadera delicia. La diferencia entre eso y el calor del exterior era como el día y la noche. Solo podía imaginar el resto de la casa, con el amplio patio central y los frescos cuartos de techo alto.  La sala con estanterías llenas de libros que el doctor leería hundido en su amplio sillón, y cuando quisiera comer algo iría a la cocina a buscar alguna fruta en su refrigeradora de dos puertas con dispensador de hielo y agua fría, de esas que solo había visto en las revistas de la sala de espera, y luego a su comedor para doce personas, con sillas de madera preciosa tallada que podía sobrevivir hasta el apocalipsis.

Todo eso le parecía encantador, pero era demasiado estudio.

O tal vez sería mejor poner un negocio, como la pastelería Las Delicias, con su fachada pintada de vivos colores, el morado y el verde contrastaban con la vitrina donde se exhibían hermosos pasteles para distintas ocasiones, todos decorados con tanta atención a los detalles que cada vez que pasaba a ver descubría algo nuevo: un borde de flores, una dedicatoria, una figurita hecha de azúcar. Sí, tal vez eso, aprender panadería y pastelería, tal vez le tomaría mucho esfuerzo pero con práctica tal vez podría llegar a tener el mismo nivel de destreza, haría pasteles hermosos y las familias más importantes le harían pedidos para sus fiestas, que no eran pocas, porque cuando hay fortuna siempre hay un motivo para celebrar.

Algún cliente llegaba y lo volvía a la realidad, le pedían una fritura, un bombón, un chicle. Don mundo, que para entonces ya estaba algo cegatón por la catarata, quería seguir sintiéndose útil, en un rato estaba arreglando una tabla floja del gallinero en el patio, otro rato echándole aceite a las bisagras de la casa, otro rato tallando alguna figurita en madera. Una de sus posesiones más preciadas era un barrilito de roble que a su vez había pertenecido a su abuelo y según le dijeron había servido originalmente para almacenar aceite de oliva. Tal vez por eso se conservaba tan bien. Don Mundo había modificado la tapa del barril con una bisagra y un pasador que cerraba con candado. El cierre era casi hermético.

A eso de las seis de la tarde, don Mundo sacaba su silla a la acera a ver el ocaso, se entretenía ya fuera solo o platicando con los vecinos que se acercaban a saludar, el viejo cerraba la tienda. Él también soñaba despierto, la última cosa que quería hacer antes de morir era hacer un viaje a otro país, no era arrepentimiento; en la medida de sus posibilidades ya había vivido, sufrido y gozado, pero quería darse ese gusto de ir a otro país, hospedarse en un hotel de esos bonitos que se veían en las películas, comer una de esas comidas que tan ricas se veían en la pantalla y ver el ocaso en el balcón desde su habitación o a en una silla en la playa.

A veces, Edgar lo había visto a don Mundo después de cerrar la tienda, se acercaba al barril, abría el candado y echaba un billete de a cien adentro con un “Dios mediante” o algo parecido. Y así cerraba su preciosa alcancía, con una plegaria y la esperanza de cumplir su última voluntad.

jueves, junio 18, 2020

jueves, junio 11, 2020

jueves, junio 04, 2020

Música

Los días últimamente me parecen interminables por acá. Es cierto que las ventanas se mantienen abiertas todo el tiempo, entra aire fresco y las paredes claras reflejan la luz, aún así a veces siento como si el tiempo se detiene, que las horas no pasan, ya ni me interesa el reloj. Al menos puedo venir de mi cuarto a recostarme en el sofá, ¡es tan cómodo sentir cómo te envuelven los cojines! luego a seguir descansando y ver los alrededores.

Las noticias son siempre las mismas: violencia, muertes, robos, extorsiones, todo repetido hasta el hartazgo. Las mismas situaciones, solo cambia el nombre y la cara, bien escuché decir a alguien por ahí que nuestro cuerpo es un recipiente, una plantilla donde se deposita un alma. El típico cliché de las películas donde dos personas se intercambian el cuerpo, a la larga tus vicios o tus virtudes te van a llevar al mismo lugar donde estabas al principio y vas a ser igual de feliz o igual de miserable que antes.

En fin, hay varios tomos en la librera pero estoy aburrido, creo que si me metiera en un libro en este momento y viviera otra historia diferente a la mía, podría positivamente perderme en un laberinto y volverme completamente loco. No, no me recomiendo leer en este momento.

Podría, sin embargo, escuchar un poco de música. Sí, eso, dejar de pensar por un momento y dejarme guiar por las notas. ¿En realidad dejas de pensar con la música? Creo que es todo lo contrario, tu cerebro no se ocupa de otra cosa, se mete de lleno a la tarea de interpretar el sonido, es como si tendiera una carretera de muchos carriles, uno por cada instrumento, y los recorre todos al mismo tiempo, uno para la batería, uno para el bajo, guitarra rítmica, guitarra acústica, aquí entra un piano, aquí una campana, una voz que surfea por sobre todo.

Me levanto y me siento todo un Young, un Page, Iommi, Blackmore, mis dedos bailan sobre las cuerdas en un ballet frenético pero acompasado. Qué me importa que se burlen de mí, que me digan que me veo ridículo tocando una guitarra de aire, las notas están en mi cabeza, las conozco, se suceden una tras otra, en el compás preciso y el tiempo perfecto, hay un micrófono frente a mí, canto con voz potente, una pared de bocinas se yergue tras de mí, estoy en un escenario y la música actúa como luna sobre la marea de gente que hace olas y me sigue en coro. miles de cabezas sonríen y cantan, no soy uno solo, soy un grupo, soy todos, las melodías siguen una a otra, soy el rey del concierto, estoy vivo, siento la sangre en mis venas y escalofríos recorren mi cuerpo interpretando mis temas preferidos, ¡soy grande, soy inmortal, quisiera que esta sensación nunca se acabe!

La enfermera se acercó a la habitación eclamando lacónicamente "¡se acabó la visita señores!" Una señora de mediana edad era la única visitante del joven postrado frente a ella, era su hijo. 

Dicen que las personas que se encuentran en coma tienen cierto nivel de conciencia aunque parezcan estar dormidos, Por muchos días le habló contándole noticias de la familia o cosas triviales, luego se le ocurrió una idea y ahora lo hacía siempre que lo visitaba.

Le acercó las manos a la cabeza y con mucha delicadeza le quitó los audífonos, apagó el reproductor que el joven solía usar y lo guardó en su cartera. Salió de la habitación satisfecha de verlo, tal vez lo imaginaba pero incluso le parecía ver una tenue sonrisa dibujada en el rostro.

BlueInGreen – 08


miércoles, junio 03, 2020

El Cheque

Tomó impulso y se lanzó desde la terraza de su lujosa casa. Era una de las residencias más vistosas de esa colonia, ubicada al final de una larga cuadra y el hogar de una pudiente familia caída en desgracia. Doña Laura vio los inconfundibles rojo y azul de las patrullas frente a su casa. Subió las escaleras, trató de ocultar la evidencia en su cuarto, pero se dio cuenta que era demasiado tarde, no había nada que esconder, las pruebas de su culpabilidad eran tan claras. Maynor ya estaba arrestado, así que muy poco le faltaba a la policía y dar con ella, la cómplice del desfalco. Pensó por un momento qué decirle a las autoridades, repasó en su mente el discurso ante el juez, pero ni ella creía lo que diría ¿qué ganaría? De igual forma, solo tendría valor lo que diría en el juicio, pero tendría que ir a prisión hasta entonces, pues ya no tenía dinero y pagar fianza no estaba entre sus prioridades. Maynor se lo quedó todo. Él era el maestro, quien había orquestado el plan y así sacar tanto dinero posible de ese banco sin que nadie lo advirtiera. Decía que había encontrado un método que permitía extraer dinero. Sacaba fajos de diez mil, uno cada día. En un mes sacó doscientos treinta mil y abrió una cuenta en otro banco a nombre del esposo fallecido de Doña Laura. Luego, ella iba a otro banco más pequeño, firmaba cheques y el dinero salía limpio. Respiró profundo y se lanzó. El golpe fue seco, tal cual un trozo de piedra que golpea el adoquín. Los más valientes se animaron y la tocaban sin conseguir reacción. La vida se apagó en la mirada de Doña Laura, quien se había vuelto popular en la pequeña agencia bancaria donde cambiaba sus cheques. Los cajeros la conocían, Doña Laura era amiga del jefe y llevaba obsequios a los empleados y así, pensaba ella, no despertaba sospechas. Era solo una cliente habitual y amable que siempre recibía buen trato hasta que llegó el nuevo.

Eran los primeros días de un cajero agradable, joven y muy veloz, pero con tendencia a equivocarse cada dos minutos. Su jefe resolvía sus metidas de pata. Nunca cometía el mismo error dos veces, pero siempre encontraba uno nuevo, cada vez más impensable. Pasaron los meses y el cajero que ya no era tan nuevo seguía equivocándose. Un día no leyó un correo que su compañero le compartió. En el documento le indicaba que una mujer llegaría a pagar una tarjeta de crédito acompañada de su esposo. Él siempre hacía el pago mínimo y la cantidad era la misma siempre: 333.33. La instrucción señalaba que había un “truco” que le permitiría pagar ese monto sin problemas. Pero, el joven no leyó nada y al realizar el pago, acordado por el hombre, las alertas saltaron: tenía cerca de seis meses sin pagar. Aunque siempre pagaba el mínimo, tenía cuotas pendientes de gastos excesivos. El despistado cajero le informó que el pago debía ser mayor, en ese momento, la mirada del hombre se desorientó, sacó todo su dinero, pagó y pidió el detalle. Descubrió con asombro, frente a los empleados de la agencia, que su mujer pagaba con sus tarjetas las aventuras en hoteles de lujo. El pleito por poco se sale de control. El otro cajero sudaba terriblemente, pues, el joven se enteraría después, que su compañero, quien le envió el correo, era uno de esos amantes que la bella esposa tenía repartidos en varios puntos del pueblo. El joven no entendía qué pasaba hasta que leyó y muy tarde comprendió. Pero ya estaba propenso a seguir equivocándose; luego apareció un viejo a pagar su recibo de la luz y volvió a ver la misma cifra: 333.33, pero colocó dos números de más: 33333.33; notificó a su jefe del error y este lo resolvió y le pidió que hiciera otra transacción por el mismo monto; pero, el joven temeroso hizo otra por la cantidad que debía ser y no por la que finalmente ejecutó. Al no tener conexión directa con la empresa de electricidad, en el banco se utilizaba una cuenta llamada “La 77”, ya que estaba integrada por muchos sietes al infinito. Esa cuenta permitía el ingreso del dinero; al día siguiente se hacía un desembolso y se enviaba un mensajero que pagaba los recibos en la agencia de la empresa. Según el joven, el error estaba subsanado. En ese momento, Doña Laura ingresó agitada, parecía estar huyendo de alguien. sudaba profusamente y despedía un aroma fétido. El joven, preocupado por sus dos errores, sintió un enorme temor al ver que ella le pidió cambiar un cheque por treinta mil. Era una transacción inusual y enorme, pero era una cliente frecuente y procurando no tener más frente a sí la peste de la mujer, optó por apresurar la transacción. Sin demora le entregó los tres fajos de dinero.

El joven cajero sabía que lo peor estaba por venir, pues el cierre era el momento en que los errores y aciertos se reflejaban con los faltantes y sobrantes. Al este siempre le faltaba dinero y muchas veces tuvo que pagar de su bolsa sus propios errores, pero en esta ocasión, fue diferente: le sobraban más de sesenta mil. Un sudor frío recorrió su espalda; pensaba en que ya no le tendrían tanta paciencia y que podría ser su último día en su primer trabajo, pero no. Su jefe se burlaba y se reía, sabía que los errores tenían solución, así que comenzaron a recrear todos sus errores. Llegaron al recibo de la luz y encontraron los treinta mil y centavos, pero faltaba hallar el origen de los siguientes treinta mil, pero no encontraron nada. Todo parecía correcto. ¿En realidad le sobraba? El cheque de Doña Laura, por esa cantidad, había sido pagado correctamente. El joven revisó y se dio cuenta que el cheque fue cambiado no en la cuenta de ella sino en “La 77”, pero no quedó registro de ello, no hubo recibo. El rostro del jefe se sumió en preocupación. Creo que descubrimos una falla, dijo. Hay que llamar al auditor. Ya eran cerca de las diez de la noche y el joven recreaba, por tercera vez, todo su día laboral. La segunda vez fue frente al auditor, la tercera frente al jefe de contabilidad y hubo una cuarta más frente al Gerente. Cerca de la una de la mañana, el error fue descubierto y con ello un hallazgo más. La cuenta “77” sí dejaba registro y descubrieron que era usada por el jefe de otra agencia y en ella realizaba transacciones de cantidades enormes. A las cinco de la mañana, un especialista del ministerio público tomaba declaraciones de los implicados, incluyendo al joven que recreó por quinta y última vez todo su día: repasando sus errores hasta el hartazgo. El cajero renunció, pues hubo un faltante de tres mil que no pudo justificar y lo obligaron a pagar y le prometieron que “después se resolvería”. No quiso esperar y se largó molesto. Poco después, se enteró por las noticias locales que el jefe de agencia que él conocía, pues era amigo de su padre, incluso estuvo en una fiesta familiar, fue arrestado acusado de un millonario fraude.

Dos policías acudieron de inmediato a atender la emergencia. En la patrulla dejaron a un hombre engrilletado mientras corrían hacia el final de la cuadra. El hombre tenía sangre en los puños pues acaba de golpear a su mujer hasta dejarla desfigurada. Tras atender esa emergencia, un golpe seco y terrible alertó a los oficiales. Una mujer, sin una razón explicable, se lanzó del tercer nivel de su lujosa residencia. Era una tal Doña Laura que decían se había quedado sin dinero. Seguro, sus penas fueron más fuertes.

jueves, mayo 28, 2020

miércoles, mayo 27, 2020

T01


el tiempo
atardecer naranja
sabor dulce
agrio momento
aroma acido/ reluciente

jueves, mayo 21, 2020

miércoles, mayo 20, 2020

T02


se duermen mis manos
de nuevo/ cosquilleo
se infla mi cabeza
un globo que crece
crece/ no se detiene