miércoles, septiembre 29, 2021

El Canche

 "En el tiempo que pasó esto contaba yo con treinta y dos años, había estado lloviendo fuerte por tres días seguidos y mi hija que tenía unos cuatro meses de nacida estaba mala con fiebre y vomitando. Tal vez no fuera algo muy serio pero uno de padre se preocupa. La cosa es que en la aldea no hay doctor, para buscar  teníamos que pedirle prestado el pickup al compadre Oscar y agarrar el camino de terracería hasta la clínica. El problema no era la lluvia ni la distancia que era más o menos una hora de ida y otra de regreso. El problema era la hora, era ya media tarde y ya al estar oscuro nadie se animaba a salir porque en la carretera podía encontrarse uno al ejército pensando que uno le llevaba cosas a la guerrilla o a la guerrilla pensando que uno le llevaba cosas al ejército. De cualquier forma uno salía perdiendo, aunque lo interroguen y vieran la criatura llorando ellos podían pensar que era puro pretexto y matarnos de todos modos.

El caso es que mi hija estaba mala, lloraba, la fiebre le subía, no le quedaba nada en el estómago y seguía queriendo vomitar, mi esposa y yo estábamos preocupados pensando qué hacer. Al fin me decidí y me fui bajo el agua a hablar con mi compadre. Él sabía que era arriesgado, pero también había perdido un hijo de cólera. Es duro eso de ver a su nene morir sin poder hacer nada, la cosa es que no tomó mucho convencerlo y pensó que si le metía la pata podíamos ir y regresar a tiempo.

Pues agarramos camino con mi compadre, mi esposa, mi beba y yo, el camino de ida todo bien, llegamos a la clínica, vieron a mi hija, como pudimos conseguimos la medicina, de eso me sentí mejor porque iba a estar bien. 

En eso nos entró la noche.

Con mi compadre la pensamos y repensamos si nos íbamos a regresar esa noche o no, pero ya nos habíamos gastado el dinero en la consulta y las medicinas, mi compadre hasta nos ayudó y allí hicimos el ajustón. No conocíamos  a nadie conocido en el pueblo y la beba necesitaba cuidado. Así que decidimos arriesgarnos y agarrar camino de regreso.

La lluvia se calmaba a ratos y luego regresaba fuerte. En la noche, sin alumbrado público y con la lluvia así de fuerte apenas se miraba algo. Tuvimos que irnos despacio para no estrellarnos en el paredón o caer en el barranco, viera visto usted. Mi mujer iba rezando, yo me hacía el fuerte pero por dentro tenía todo aguado pensando que nos íbamos a chocar o se nos iba a atravesar alguien.

En eso, a la orilla del camino, vimos a alguien, yo dije Señor bendito. Cuando se ponen así lo paran a uno, lo interrogan, lo registran. Mi miedo era que  si el militar preguntaba “¿pelo vergo mi sargento?” Y el sargento contestaba “Pelo vergo”.  Eso significa que tenía permiso para disparar a matar. Estaba esperando ver el puesto de registro, yo creo que mi compadre más por miedo que por otra cosa paró el carro..

la figura que vimos se acercó corriendo, entre la lluvia no distinguíamos quién era, pero al llegar a la ventana nos dimos cuenta que era una mujer. Aunque no era la guerrilla ni militar, igual nos asustamos.Daba unos gritos la mujer que le helaban la sangre a uno, somatando el capó del carro, el vidrio de adelante,  la ventana, gritando ¡Ayuda, ayúdenme  por favor! Se ahogaba de puro llanto, aparte estaba empapada, nos miramos con mi compadre y no la pensamos, nos bajamos de una, ahí dejamos a mi esposa con la nena. la señora era así rubia, vestida con ropa así como que fuera turista, robusta, hasta bonita, de no ser porque estaba empapada de agua y llanto, luego vimos que también tenía sangre en la ropa, hablaba con acento como que fuera gringa o a saber de dónde: “¡Ahí abajo, por favor, ayuda!”

Nosotros pensamos que había sido un accidente, vimos un claro a la orilla del camino donde se notaba que se había desbarrancado un carro. Nos fuimos con cuidado entre el monte y el lodo, ni cuenta nos dimos de que la gringa se había quedado atrás. Llegamos al fondo y cabal vimos un carro grandote de esos cuatro por cuatro todo terreno, tenía algunas calcomanías en a saber qué idioma, yo digo que eran misioneros. Usted sabe que en ese tiempo había gente que venía a hacer obras acá, a construir escuelas, o jornadas médicas,a evangelizar o a saber qué cosas, hasta gente que se tiraba a atravesarse el país solo porque sí, porque diz que la aventura, yo qué sé. La cosa es que llegamos al carro, mire usted, picado de balazos.

Encontramos a dos personas, el piloto era hombre, con la cabeza en el timón llena de sangre, lo medio movimos y se fue de lado de una vez ya muerto. A la par de él una mujer, también bañada en sangre, le levantamos la cabeza a ella y mire usted, se lo juro por Dios, era la misma que nos había parado allá arriba.

Nosotros con mi compadre estábamos cagados de miedo, no solo por ver esa escena y más que todo a la mujer, sino porque los cuerpos todavía estaban calientes y los militares o quien fuera que haya sido podía estar cerca. Pero mire, ¡va usté a creer! En las piernas de la mujer, envuelto en un montón de trapos, había un bebé llorando, más o menos de la edad de mi hija.

¡Y qué podíamos hacer! No podíamos dejar a la criatura allí solo que se muriera. Lo agarré y como pude subimos y nos fuimos de allí, cuando subimos con el bulto mi mujer estaba pálida, nos dijo que cuando nosotros empezamos a bajar ella se empezó a alejar y como que se hubiera desaparecido entre la lluvia. Cuando vio la criatura y le conté lo que vimos le agarró una lloradera.

Mire, yo no sé cómo le hizo mi compadre para manejar de regreso con la impresión de todo esto, pero mire, ese niño como que traía algo, aunque estuviera llorando sentimos una paz, un calor, como que en esos momentos uno se arma de valor como dicen y qué le importa todo lo demás ¿verdad?”

Cuentan que en medio de una aldea del altiplano de Guatemala, en el punto más álgido de la guerra interna, apareció un niño adoptado sin papeles ni abogados ni ninguna de esas formalidades que no eran necesarias.  Creció como sus amiguitos en medio de la pobreza, aprendió a trabajar la tierra como cualquier otro.  La única excepción era que este niño sobresalía entre todos por ser rubio, de ojos azules y al crecer llegó a medir casi dos metros de estatura. Era más conocido por los habitantes de la región como el Canche.


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